La historia de mi pueblo mapuche y también la mía, me permiten hoy plantear, con toda propiedad, mis ideas sobre los dolores del pueblo chileno.
Se está queriendo establecer una nueva normalidad, un nuevo orden, una forma distinta de entender el desarrollo y finalmente la entronización de la persona como el centro de la vida pública y el sentido último de la convivencia social.
Soy mapuche y, como tal, he vivido desde que tengo memoria la experiencia cotidiana de la discriminación, el abuso de poder y la exclusión de parte de un Estado que ha pretendido negar la existencia de mi pueblo.
Somos un pueblo digno que jamás dejó de luchar por los derechos que le corresponden. Así derrotamos al imperio español, de manos de Pelantaro de Purén indómito, mi tierra. Más allá de los sacrificios que ello implicara. Y en esto hemos estado en los últimos 480 años. Y aquí estamos, vivos y con la fuerza ancestral que nos mantiene de pie.
La historia de mi pueblo y también la mía, me permiten hoy plantear, con toda propiedad, mis ideas sobre los dolores del pueblo chileno. En efecto, hoy descubrimos estas coincidencias fundamentales de todos los excluidos, que tienen rasgos claramente identificables.
EL PUEBLO DESPERTÓ
El movimiento de protesta iniciado a mediados de octubre se ha transformado en un grito que clama por el simple derecho a la dignidad y al establecimiento de condiciones de igualdad que garanticen el pleno ejercicio de los derechos humanos, para cada habitante de esta tierra.
Ha sido un acto de recuperación de la soberanía popular por sus legítimos dueños. Y una categórica advertencia a los gobernantes y representantes de esta democracia claramente deteriorada. Esto es. El pueblo les ha retirado su confianza, hasta que no demuestren que están a la altura de los desafíos que se avecinan.
De un modo muy explícito, el pueblo levantó muchas banderas, pero dos en especial: la de Chile y la de la nación mapuche, en un gesto de reparación y restitución verdaderamente emocionante. En efecto, este ha sido un símbolo de que es el pueblo el que instala a los mapuche en un lugar que la historia oficial ha tratado de ignorar. Lo que no han hecho los administradores del poder, lo hizo la gente común en una señal poderosa de valoración de la identidad de nación indígena.
Este levantamiento popular ha sorprendido a los defensores acérrimos del statu quo, que preferirían que las cosas se mantuvieran como están. Son los que se acostumbraron a definir la agenda del país y aquello que se debía hacer, pensar y decir. Pero el desorden llegó y no encuentran a un «interlocutor válido». No hay alguien específico con quien conversar, con quien negociar o a quien ofrecer un bono, la instalación de una comisión para estudiar el problema o, finalmente, a quien prometerle una prebenda, un favor, a cambio de la claudicación a la lucha emprendida.
No estaban preparados para esta rebelión y están desesperadamente tratando de comprender este «fenómeno», para seguir conduciendo el país hacia donde mejor les convenga. Lo primero que ellos deben saber, es que la ambición desmedida, el egoísmo llevado a
su máxima expresión, su olvido inescrupuloso del dolor ajeno, su falta de compasión por quienes se han muerto esperando una hora médica, su indiferencia ante las miserables pensiones que reciben quienes han trabajado toda su vida y su olvido de cada uno de los excluidos de este país, han terminado con un hastío moral definitivo, que se ha vuelto contra esos abusos intolerables.
En medio del movimiento ciudadano que se manifiesta en paz, también surgen grupos que, buscando instrumentalizar esta situación, han cometido actos repudiables. Frente a ellos hay que reafirmar una y otra vez, que la no-violencia activa es el único instrumento que garantiza la coherencia entre el fin, plenamente justo que se persigue, y los medios utilizados para alcanzarlo.
Aquí se está queriendo establecer una nueva normalidad, un nuevo orden de cosas, una forma distinta de entender el desarrollo y finalmente la entronización de la persona como el centro de la vida pública y el sentido último de la convivencia social.
LA HISTORIA DE UNA INDIGNACIÓN ANUNCIADA
La dictadura cívico-militar, aprovechando la disponibilidad del poder total, instaló un modelo de desarrollo neoliberal, sostenido sobre los principios del capitalismo clásico. Milton Friedman resultó ser el verdadero «padre de la patria», para los liberales ortodoxos, al diseñar las bases de un modelo de desarrollo basado en el libre mercado y en el individualismo consumista como su motor. Según esta teoría, la competencia libre no debe ser obstaculizada por el Estado, pues ella, por sí sola (la mano «invisible» del mercado), resolverá todos los problemas y generará una riqueza suficiente, que «chorreará» a los que no son capaces de competir.
Esta simplificación de la ideología que nos ha dominado desde ese momento no deja de desnudar la raíz del problema que hoy enfrentamos: Hay dos Chiles, uno de un pequeño grupo privilegiado y otro en el que viven los excluidos, de la modernidad, directamente en la pobreza o en la fragilidad absoluta de esa llamada «clase media».
El país tuvo, con la recuperación de la democracia, una oportunidad histórica de cambiar el rumbo de los acontecimientos. Pero la oligarquía de los partidos de la Concertación, en vez de dar un giro de timón, profundizaron el modelo neoliberal e incluso fueron más allá que la propia dictadura, privatizando los bienes, los servicios y los recursos naturales de todo el pueblo chileno.
De ahí en adelante han hecho algunos cambios cosméticos a la Constitución Política, algunos acuerdos para disminuir la pobreza más dura, algunas políticas sociales beneficiarias de segmentos de la población, la modernización del país, la firma de innumerables tratados de libre comercio, la batería de subsidios para mantener cierta estabilidad, los infinitos bonos para palear momentos puntuales y tantas otras medidas parciales nunca han tocado el corazón del modelo.
Esto no significa comenzar la historia desde cero. Más bien, hay que reaprender estilos diferentes de relacionarnos, de producir riqueza y de compartir esa riqueza. Generar una sociedad solidaria es posible.
BUENA POLÍTICA Y NUEVA DEMOCRACIA DELIBERATIVA.
Desde hace muchos años vengo planteando, que la violación sistemática del Estado de derecho por parte de los mismos gobiernos durante estos últimos treinta años, y la utilización de estos como escudo protector de los privilegios de la casta política y del 1% de las familias dueñas de Chile, causarían tarde o temprano un problema grave, que se revelaría como una extendida crisis de gobernabilidad.
Mi primer análisis estaba referido a la situación de los pueblos indígenas de todo el país y particularmente a mi pueblo mapuche, pero muy pronto me fui percatando de que el contexto de exclusión de nuestros pueblos no era más que el reflejo de la vivencia cotidiana de una mayoría silenciosa del país.
Hechos históricos y recientes revelan que los casos de corrupción política, el financiamiento irregular de los partidos, especialmente por empresas privadas, la impunidad para los hijos de los poderosos, la colusión indignante de empresas inescrupulosas y también la represión injusta al pueblo mapuche y la impunidad de los asesinos de Camilo Catrillanca y otros quince mapuche, amparados en comprobados montajes, han ido carcomiendo y finalmente agotando la credibilidad del Estado y la mayor parte de las instituciones.
El problema mayor en la crisis actual es, precisamente, la casta política que se ha ido engendrando. Tiene que ver con las funciones esenciales que cumple la buena política, que son promover el bien general por sobre el bien particular y tomar decisiones colectivas, que expresen los intereses ciudadanos.
La democracia que heredamos no es la que elegimos. Necesitamos una nueva política orientada sistémicamente a reducir la desigualdad estructural de millones de chilenos y a incidir sobre las condiciones objetivas de los hogares de tal manera que sea posible alcanzar las justas aspiraciones de movilidad y calidad de vida del pueblo.
Las exigencias de hoy son una mayor calidad de la democracia y de la representación política; y una mayor capacidad distributiva del Estado.
La calidad de la democracia depende en una medida significativa de la calidad de sus líderes, y en ese ámbito sí hay una pobreza extrema. No hacen falta líderes que estudien en las universidades más exclusivas del mundo. En estos tiempos las condiciones principales que se debe exigir a los políticos son la simple y pura decencia, en primer lugar, más la capacidad de ser servidores públicos, una visión de Estado centrado en el bien común y las competencias profesionales que los habiliten para resolver problemas.
Las exigencias de hoy son una mayor calidad de la democracia y de la representación política; y una mayor capacidad distributiva del Estado.
LA PROPUESTA DEL BUEN VIVIR
El ideal mapuche de sociedad consiste en la configuración de una comunidad para el “buen vivir” de la mayoría y no para el “buen funcionamiento” del mercado. Como un eco lejano, pero poderoso, desde las culturas indígenas ancestrales se nos llama e invita al buen vivir (“kumemogen” en mapudungun) y a asegurar, a cada cual, una vida digna.
Bajo ese concepto, la felicidad de las personas no consiste en la realización plena de todas sus expectativas e intereses individuales, sino en la valoración del bien común como principio superior.
La condición humana nos transforma en una familia global, unida por lazos de profunda solidaridad y respeto. La gran mayoría de esas primeras naciones vivían según estas “reglas de oro”, en que la libertad personal y la igualdad comunitaria no eran valores contradictorios, sino estrechamente dependientes el uno del otro.
Hemos de situarnos mucho más allá de las ideologías que, siendo legítimas, pueden transformarnos en islas independientes donde cada cual impone las reglas que mejor le convengan. Esos mundos polarizados han demostrado su fracaso y han generado mucha frustración.
La cultura mapuche sitúa el valor de la vida en el centro del desarrollo.
En efecto, para los pueblos originarios es importante el buen vivir como fuente inagotable del desarrollo humano, que se traduce en la necesidad de convivir en armonía con uno mismo, con la comunidad y con la naturaleza. Así, por ejemplo, la sentencia: “Que a nadie le falte nada y que a todos les alcance”. Lo esencial para disponer de una calidad de vida básica está recogida del pueblo aymara, en su visón de la “Suma kamaña” o buen vivir. Este modelo puede ser una contribución al Chile que ha despertado, más de una pesadilla que de un sueño.
HACIA UN NUEVO PACTO SOCIAL
Se quiere un nuevo diseño y un cambio estructural del país. Un nuevo Chile debe brotar desde las aspiraciones más profundas del pueblo. A esto podemos denominar “un nuevo pacto social”, un acuerdo de principios esenciales de convivencia y un consenso amplio de cómo queremos vivir de ahora en adelante.
Imagino a nuestros mayores trabajando entusiastamente por un mundo inspirado por la fraternidad, y sé que quisieran entregar a sus nietos un mundo muy distinto al que ellos han vivido. Las culturas indígenas valoran y respetan a sus ancianos/as como fuente de sabiduría. Mucha gente prefiere los resultados inmediatos; sin embargo, la construcción de una sociedad más justa e igualitaria requiere tiempo y paciencia.
Para avanzar en ese pacto social se requiere una declaración de principios fundamentales que responda a las exigencias señaladas. Así disponer de una nueva Constitución Política es un paso trascendental, aunque no exclusivo.
Resulta penoso ser aun el único país de América Latina con una ley fundamental heredara de una dictadura. La nueva carta democrática debe incluir el reconocimiento constitucional de los pueblos indígenas, para que Chile sea en derecho, lo que ya es en los hechos: un Estado plurinacional.
Este es el camino para recuperar los derechos sociales, políticos y económicos que nos han sido arrebatados y que hoy decidimos recuperar y restituir en la mayor plenitud posible.
Quiero invitar al pueblo de Chile, a hacernos cargo de nuestro destino y a luchar por una felicidad a la que tenemos derecho.
Diego Ancalao Gavilán.
Licenciado en Educación,
presidente de la Fundación de
Liderazgo y Desarrollo Indígenas.
